Hacía muchos años que Mark había intentado pasar página, pero un día se encontró con Victoria y la miró a los ojos. Esos ojos verde esmeralda de los que se había enamorado años antes. Ambos habían cometido errores y se habían distanciado en diferentes ocasiones pero siempre que volvían a reencontrarse no podían evitar sonreírse mutuamente, no con los labios, sino con sus miradas.
En ese mismo instante Mark se enteró de qué era exactamente lo que quería. A ella, solamente a ella, dijesen lo que dijesen. Con ese pensamiento durmió eternamente sin poder decirle a ello lo sentía, porque temía su reacción.
Él la amaba, pero nunca lo admitió. Al mirar al cielo veía su nombre escrito en las estrellas y supo que jamás querría a otra de la misma forma que a ella. Después de eso, dejó de creer en que algún día podría envejecer junto a la mujer de sus sueños. Se acostó y nunca jamás se levantó.
Ella, que jamás supo nada, cometió el garrafal error de no decirle que ella también lo amaba. Sus ojos lo decían al observarlo, pues era una mirada intensa y llena de ternura en la que no hacía falta que hablara. Al saber que él pereció en el intento, ella no pudo seguir adelante. Miró al cielo, se besó un dedo y lo mandó a las estrellas. Unos años más tarde, un hombre se enamoró de ella, y comenzaron una nueva vida juntos, sabiendo que nunca sería tan feliz como lo hubiera sido con su amado.
Tuvieron hijos, una vida larga y plena, pero jamás miró a su marido como años antes había observado a Mark.
Fdo: Quevedo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario